


Sonata de Antígona a pesar de Bartok: una emergencia de las formas
¿Qué es la música? ¿Es el orden armónico que existe dentro del tiempo y la repetición? ¿Es la suma de los ecos que la memoria –nuestra oreja invisible- en su tímpano fragmentado guarda? ¿Es el espasmo, la vibración que nace dentro del cuerpo para exhibirse en una cadena de sonidos?
Después de haber presenciado la Sonata de Bartok A Pesar de Antígona me quedé con la clave que no pretende ser aseveración sino enigma: la música quizá, es un fantasma, un espíritu cercano a la materia que desea insistente tomar posesión del cuerpo, ser una identidad viva y tangible.
Tenemos por el contrario, un anhelo a veces brutal de desplomarnos en eco, en resonancia – hay una memoria incrustada en nuestra reverberación mas sutil -en las notas inauditas de nuestras manos que avanzan imperceptiblemente mientras dormimos- de que en el pasado colectivo antes de estar restringidos a la gravedad de la piel, fuimos música.
La sonata de Bartok A Pesar de Antígona abre un espacio generoso y “sui generis” para esta manifestación en un afán casi imposible pero no inútil: la música toma cuerpo, y el cuerpo es una interrupción que en su fluir orgánico es sonata, voz, recuerdo.
La obra ofrece la intuición de que el pensamiento se construye a través de pausas, abismos que simulan ser definitivos pero que llevan en su interior un germen de latidos esenciales para la creación.
¿Las pequeñas obsesiones que nos persiguen… son nuestras? O son acaso el escuchar de los fantasmas y los ancestros que nos eligen y que también nosotros escogemos? Si esta sugerencia es parcialmente verdadera, ¿cómo debemos tratar a las voces que nos persiguen?
Ante la pregunta hay en la superficie de mi psiquis una serie de impulsos. Debes huir, atacar, esconder, enterrar, olvidar, fingir. Estas acciones reflejan acciones primitivas de supervivencia que contienen el riesgo de alejarnos de la vida.
La sonata de Bartok A Pesar de Antígona es un espejo para esos verbos inmediatos, sin embargo, también se atreve a conversar con los espectros y la familia que niega. Soy entonces como espectador un lugar donde se reciclan los fantasmas (esta línea me la robé de Tess Galager, compañera poeta) y la música de Bartok llevada al escenario es también un robo, pero es uno preciso, dignamente aplicado.
La sonata de Bartok A Pesar de Antígona me condujo a los pliegues recónditos de mis recuerdos, que mas que recuerdos son las sensaciones de los lugares que habita el recuerdo.
Enumero aquí algunos fragmentos: el primer contacto con el oxigeno, la tensión involuntaria de mis músculos, la pupila expandiéndose para inspirar su primer azul. Un guru de cuyo nombre no puedo acordarme dice: “estamos tan enfermos como secretos tenemos”
La sonata de Bartok A Pesar de Antígona es una oportunidad fugaz para contemplar los síntomas de esa “condición de secretos” y a la vez denota la pertenencia que el espacio tiene sobre nosotros.
La sugerencia del espacio como una entidad activa le rinde homenaje sin proponérselo a un poema de Octavio Paz, encontrado en Libertad bajo Palabra en la serie de Apuntes para el insomnio:
¿La ola no tiene forma?
En un instante se esculpe
y en otro se desmorona
en la que emerge, redonda.
su movimiento es su forma.
En una atmósfera corporal que evoca mi concepción del paisaje de Pedro Páramo es preciso invitarlos a experimentar dentro de sus pieles y palabras, ésta emergencia de las formas furtivas que retumban en soliloquios simultáneos en La sonata de Bartok A Pesar de Antigona.
Por Ekiwah Adler Beléndez,
Amatlán, Morelos, a 23 de Junio de 2006
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